Volcán Ajusco

El Volcán Ajusco forma parte de la Sierra de Chichinautzin, un campo volcánico originado por la actividad tectónica del Eje Neovolcánico Transmexicano. Su formación ocurrió hace miles de años a partir del ascenso de magma y una serie de erupciones explosivas que acumularon flujos de lava y material piroclástico, dando lugar a su estructura principal. Tras el cese de su actividad eruptiva, los procesos de erosión e intemperismo modelaron su relieve actual, conformando una de las elevaciones más representativas de la Ciudad de México.

El Ajusco también integra el Bosque de Agua, una región forestal clave para la recarga de los acuíferos que abastecen a la ciudad. Sus suelos volcánicos, altamente permeables, permiten la infiltración de la lluvia hacia el subsuelo. Conservar este ecosistema es fundamental: cuidar el bosque es cuidar el agua de la ciudad.

El nombre Ajusco proviene del náhuatl Axōchco, que puede interpretarse como “lugar donde brota el agua”, en alusión a los manantiales que nacen en estas montañas. La Cruz del Marqués remite al Marqués del Valle de Oaxaca, Hernán Cortés, quien según la tradición observó desde aquí el Valle de México. La cumbre más alta es el Pico del Águila, llamado así por su forma escarpada y por las aves rapaces que suelen sobrevolar estas alturas.

El Ajusco forma parte también de la Sierra de las Cruces, un sistema montañoso de origen volcánico compuesto principalmente por rocas ígneas como andesitas y dacitas, producto de antiguos flujos de lava y actividad eruptiva. En las partes altas, entre el Pico del Águila y la Cruz del Marqués, es posible reconocer lo que pudo haber sido un antiguo cráter volcánico. Sin embargo, el paso del tiempo y los procesos geológicos han transformado su forma original, dando lugar al relieve actual. Hoy, el Ajusco es un paisaje modelado por millones de años de actividad volcánica y erosión, donde la roca narra la historia de su origen.

En sus zonas más altas, el relieve conserva además huellas del paso de antiguos glaciares. Más que depósitos, se trata de superficies rocosas talladas por el hielo: pulidas, con estrías y formas suaves que evidencian la erosión glaciar. Al desplazarse, el hielo actuó como una lija gigante, desgastando y modelando la roca. Estas marcas permiten inferir que, durante periodos fríos del pasado, esta montaña estuvo cubierta por glaciares. Hoy, aunque el hielo ha desaparecido, el paisaje conserva estas formas como testimonio de un pasado glacial que transformó el Ajusco.

¿Que hacer? Cada visita, una oportunidad de algo distinto.

Explora el Volcán Ajusco y descubre fascinantes paisajes en medio de oyameles, pinos y pastizales. Cada uno de sus senderos te llevará a lugares que te sorprenderán.

Disfruta el contacto con la naturaleza y la paz que se respira en el volcán más alto de la Ciudad de México

Los recorridos cuentan con distintos niveles de dificultad, explorador, aventurero y experto, ideales tanto para caminatas recreativas como para retos de montaña. Debido a la altitud y a las condiciones cambiantes del clima, se recomienda seguir los senderos señalizados, llevar agua y equipo adecuado, y disfrutar responsablemente del entorno natural.

Espinazo del Diablo

Senderos del Ajusco

Sendero

Espinazo del Diablo

Este recorrido inicia entre pendientes suaves que permiten adentrarse gradualmente en el paisaje de montaña. Conforme avanza, el sendero atraviesa extensas zonas de pastizal donde el horizonte se abre y la vegetación revela especies características de las alturas del Ajusco, como la rosa de montaña. La etapa final presenta un ascenso que demanda esfuerzo y buena condición física, culminando en un mirador desde el que es posible contemplar la amplitud del entorno y las montañas que lo rodean. Una ruta ideal para quienes disfrutan de caminatas retadoras sin requerir pasos técnicos complejos.

Flora

Y fauna

El Ajusco alberga una gran diversidad de ecosistemas de alta montaña, resultado de su altitud, clima y origen volcánico. Estos paisajes vegetales reflejan procesos naturales de adaptación y sucesión que dan forma a su identidad ecológica.

El bosque de abies se desarrolla en las zonas más elevadas, por encima de los 2,700 msnm, en condiciones templadas con precipitaciones anuales superiores a los 1,000 mm. Su especie dominante es el oyamel (Abies religiosa), un árbol que puede superar los 20 metros de altura, con hojas en forma de aguja de color verde oscuro. Sus ramas suelen disponerse en forma de cruz, rasgo que da origen a su nombre común. Este tipo de bosque forma densas masas forestales y se asocia con otras especies como pinos, alisos (Alnus) y encinos, así como con arbustos como el azoyate y diversas herbáceas como cardos y jarillas.

Los pastizales, también conocidos como zacatonales —del náhuatl zacatl, que significa hierba o pasto—, son comunidades dominadas por gramíneas como Festuca tolucensis y Jarava ichu, además de zacatones del género Muhlenbergia. Estos espacios suelen encontrarse asociados a pinos y a una amplia variedad de plantas herbáceas como garbancillos, roldanas y senecios. Se consideran una etapa sucesional del bosque de pino, reflejando la dinámica natural del ecosistema.

El bosque de pino se distribuye en un amplio rango altitudinal, aproximadamente entre los 2,300 y los 4,000 msnm. Está conformado por diversas especies como Pinus leiophylla, P. montezumae, P. rudis, P. teocote y Pinus hartwegii, este último característico de las zonas de alta montaña. Este ecosistema se encuentra frecuentemente acompañado por pastizales, formando paisajes abiertos y contrastantes.

Con el paso del tiempo, la naturaleza ha transformado el antiguo cráter del Ajusco. Sus suelos volcánicos, profundos y ricos en minerales, han favorecido el desarrollo de bosques de pino y oyamel que cubren gran parte de la montaña. En las zonas más altas, donde el viento y el frío son más intensos y el suelo es menos profundo, predominan los pastizales de alta montaña. En estos ambientes crecen especies adaptadas como el zacatón, la rosa de la montaña, los lupinos y el senecio, plantas resistentes que evidencian la capacidad de la vida para prosperar en condiciones extremas.

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